CUENTO PRESENTACIÓN

     Cuenta Jerónimo Jiménez de Urrea en La famosa Épila la historia del príncipe Fileno. Durante más de diez años, este joven príncipe gobernó sabiamente su reino, no sólo haciéndolo próspero en los bienes, sino bueno en las costumbres. En todo ese tiempo estuvo a su lado su esposa Erífile, de quien estaba profundamente enamorado, si bien, hasta entonces, no le había sido concedido el fruto de la maternidad. Eran felices y el pueblo participaba de su misma felicidad

     Hasta que una malhadada tarde de mayo ella se sintió turbada en el vientre. Sus doncellas la trasladaron al lecho y se hicieron llamar a los mejores médicos, pero, al cabo, murió.

     Fileno sintió un peso brutal sobre su frente y, sin percatarse, descuidó sus tareas de gobierno. Pasó el tiempo y, por fin, tomó una decisión: dejaría su reino en manos de su chambelán y él se refugiaría en las montañas con un reducido séquito.

     Así lo hizo. Desde entonces ocupaba su tiempo meditando en la espesura de los bosques, triste y melancólico. Cierta mañana se sentó junto a un arroyo, alzó la vista y contempló las altas cumbres, luego cogió una rama marchita que yacía junto a él y, sin notarlo, comenzó a trazar líneas sobre la arena mojada. Pasado un rato dio un respingo y se puso en pie para cerciorarse de lo que había dibujado.

     -Es ella- dijo.

     En efecto, era el rostro de la amada. Entonces corrió hacia su humilde cabaña y encargó a su sirviente que le trajera lienzos y pinceles.

     Desde entonces, se cuenta que empleaba los días haciendo mixturas y pintando sin cesar. Guardó y descartó, sombreó y difuminó, y tanto fue su empeño que no tardó mucho en representar los ojos de la amada como él los recordaba.

     Mirólos. Un estremecimiento le corrió la espalda.

     -Es ella- dijo.

     Y realmente lo era, pero sus ojos miraban y no veían. Entonces se echó a los montes hasta caer sin resuello en mitad de un robledal. En el suelo tumbado sólo oía su respiración entrecortada, pero, al fin, ésta acompasó su estado y empezó a percibir a lo lejos el sonido de las oropéndolas. Estuvo atento y se halló rodeado de los sonidos de la naturaleza. Entonces corrió hacia su humilde cabaña y encargó a su sirviente que le trajera liras y zampoñas.

     Anunció en el escueto reducto de su nuevo reino que se emplearía de continuo en el noble arte de los rumores y los silbos. Así lo hizo, y al poco extrajo del olvido la voz de la amada, o eso creía él, pues pronto advirtió que los ecos que brotaban de sus manos escapaban sin dejarse atrapar.

     Cierto día se compuso para crear una palabra surgida de su lira, el nombre de la amada, y ciertamente la persiguió toda la mañana, pero volaba tan alto, tan alto, que no podía sino oírla como un susurro.

     Cuando por fin se disipó en el aire se halló lejos de su casa, así que se sentó cabe una piedra. Perdido en su pobreza se detuvo a mirar a las hacendosas hormigas, y, al punto, levantóse, meditó un instante, se dirigió despacio a su morada y encargó a su sirviente que le trajera morteros, semillas y borras sin criar.

     Hízose como disponía y empleó las estaciones en cultivar un huerto y en criar un hato. Al cabo se afanó en la elaboración de queso y viósele recaudarlo en cuevas, aromatizarlo con humo de romero y añadir la miel. Luego lo cató. Sin duda su sabor le recordó sus labios, y, durante un tiempo, lo tomó entre los suyos y dejaba que la boca se llenara de sus besos.

     Vano afán. Cada vez cocía con menor fruición los frutos de la tierra, así que una tarde salió al vado y a la alameda mintiéndose a sí mismo.

     -Preciso cardamomo. Lo hallaré lejos –se dijo.

     Bien sabía que en aquel pago no lo hallaría, zarzamoras a lo sumo, así que, no bien llegó al río, dejó su cesto a un lado y se introdujo sin mesura en las aguas cenagosas. Para su desgracia quedó anclado cerca de la orilla y maldijo su mísera existencia. Trató de revolver el fondo con sus plantas pero no le fue dado, así que agarró barro entre las manos y lo estrujó con fuerza. Una desconocida sensación de esperanza le inundó de súbito y pugnó por liberarse de su particular prisión.

     No bien lo hizo retornó a su casa y encargó a su sirviente que le trajera un apero de alcaller. Por las noches se ponía al amor de la luna, si la había, o al crepitar del fuego en los inviernos, y por los días, a la sombra, y horneaba lo que había torneado. El resto lo empleaba entre buriles.

     Así encontró la suavidad en el gesto de la amada. Como antaño podría recorrer sus mejillas y su pecho con las manos. Hasta que una mañana certera colocó el mármol y el barro uno junto a otro y vino a acariciarle la mejilla. La halló fría, y aunque se deleitó por extenso frente a ella, pues así era como mejor podía recordarse, a la mañana siguiente se sentó en el poyo de la puerta.

     Permaneció estaciones enteras allí sentado. Por las noches acudía como un romero a los lugares hollados y trataba de inspirar entre la bruma aunque fuera un solo aroma de su antigua vida, pero a medida que se alejaba de su huerto los miasmas lo invadían y lo dejaban sin alma, desalmado.

     De este modo percibió las esencias que crecen en los prados y aprendió sus nombres. No pidió nada más. Tomó almizcle untuoso, endrinos, ulmarias y cuantas materias consideró necesarias hasta percibir la esencia de la amada. Luego se tendió en el suelo y fecundó la tierra. Durante un rato veló en silencio a la luna, luego se quedó dormido. Por la mañana temprano se despertó mohíno. Se dio cuenta de que no había comido nada en días, pero no importaba. Se puso en pie y empezó a andar. Pasó junto a su estancia, pero no se detuvo, no había motivo. El sol incidía sobre su espalda cetrina y los párpados resecos dejaron de lubricar sus ojos. Incluso los propios pasos lo conducían sin voluntad ni gobierno a cualquier frontera.

     Llegó la noche a la hora convenida. Ningún esfuerzo le obligaba a detenerse, así que siguió la huida a ninguna parte. Sus pies desnudos desbrozaban los caminos por nacer y asperges de su sangre rociaban fugazmente la senda de quien se hubiera aventurado a seguirle. Llegó la noche segunda y cayó rendido. El agua de la lluvia barahúnda recorrió entonces los surcos áridos de su frente e inundó las cuencas desecadas de los ojos y la boca. Como un hálito diminuto, el nombre de la amada le retornó a la vida, le animó a incorporarse y a escrutar el amparo de una cueva. La halló. Acudió penosamente a su reclamo. Detúvose un instante ante la negra oquedad, luego se somorgujó sin denuedo. Un  estremecimiento le sacudió el pecho. Permaneció quedo, pero no hubo nada. Derrengado cayó al suelo, se agitó acurrucado y quedó mudo.

     A la mañana siguiente, o a la noche siguiente, quién sabe, imaginó aletargado que soñaba y una luz ambarina se percibió a lo lejos. Se incorporó levemente de costado y una meliflua sensación anegó el espacio recién vivificado. Bajó un instante la mirada para cerciorarse de lo que imaginaba y se dejó embriagar a porfía. Entonces imaginó escuchar el nombre de la amada y es esforzó por repetirlo. Abrió los ojos furiosamente y la luz tornasolada iluminó el fondo bruñido de su cueva. Una extraña sensación lo embargaba y tomó consciencia de que fluía al ponerse en pie. Era ella. O él estaba muerto o ella viva, pero ambos se abrazaban y lo sentían. Por doquier besos con sabor a beso lo abrumaban y cundían en el empeño de no perecer.

     Así termina la narración Jiménez de Urrea. Parece inconclusa. Hemos tenido noticias hace poco que en un ejemplar de la obra existente en la Biblioteca Laurentiana del Vaticano, se añaden manuscritas unas palabras más. Nosotros las añadimos a título de curiosidad: En el propio torrente de las cosas, el autor no sabe descifrar este misterio y sólo hace constar que no se halló presente, que escribe lo que le contaron. Si la historia es cierta o no lo ignora, aunque lo ha pensado, que veladas tiene muchas noches, no sabe con qué afán, y que sólo ha advertido que los sentidos exacerbados crean arte que imita a la natura, y que la combinación de todos generan el embrión de la vida y, por tanto, de Dios.

ENTREVISTA CON DON ANTONIO B. CELADA ALONSO, MÚSICO

He concertado esta entrevista con don Antonio Celada en una visita previa a su casa con varios días de antelación y, después de aceptarla, le he preguntado dónde le gustaría desarrollarla. Me responde que en su propia casa, ya que se encuentra muy achacoso y apenas sale a la calle, a no ser para ir a la inmediata iglesia de San Julián, en la Ronda de Buenavista de Toledo.

El día señalado llamo a su puerta. Me abre su hermana Maruja, con la que vive, y me invita a pasar al sancta sanctorum del maestro, una pequeña habitación que hace las veces de despacho. Mientras camino por el pasillo la música me envuelve. Al fin lo contemplo. Permanezco quedo en el umbral, sin atreverme a entrar. El maestro está acodado sobre su mesa con los ojos cerrados y dibuja ondas en el aire con su mano izquierda. De súbito advierte mi presencia y fija su mirada en mi mirada, pero sigue concentrado en la música. Así pasan unos segundos, no pocos, y yo también me dejo seducir por el sublime sonido. Después se levanta, apaga el destartalado tocadiscos y dice: Tomás Luis de Victoria. Son sus primeras palabras.

Don Antonio me recibe en pijama. Sus ojillos claros han visto mucho y notas que te escrutan profundamente. Se queja de sí mismo y me muestra sus manos, ligeramente temblorosas. De costado las coloca sobre el piano, hace una breve pausa y comienza a sonar lo que identifico con un Nocturno de Chopin. Lo interrumpe bruscamente y se lamenta: Ya no son las de antes, pero a mí me ha parecido una excelente interpretación y siento una ligera turbación por el raro privilegio de haberlo escuchado. Me mira, noto dolor en la mirada. Callamos. Nos sentamos. Comenzamos la entrevista.

J.M.: Maestro, parece que el autor de este cuento ha querido expresar que la exacerbación de los sentidos conduce a la Felicidad plena o a Dios. Dado que la exacerbación del sentido del oído es la música, ¿la música nos conduce a Dios?

A.C.: Realmente es así, porque si ni siquiera hemos sido capaces de llegar a Dios con la música y con el resto de las artes hemos quedado muy cortos, tan cortos, tan cortos, que no hemos hecho nada.

J.M.: ¿Quién es Antonio Celada?

A.C.: Un hombre nada más y nada menos. Un sacerdote servidor de Dios que ha hecho lo que ha podido y le han dejado hacer, a veces más de lo que le han dejado hacer, y ahora, ya ves, poca cosa.

J.M.: ¿Qué es la música para usted?

A.C.: Todo. La música es todo. ¿No te das cuenta de que todo es música y ritmo?... Pero en mi caso, además, ha sido y es el motor de mi vida.

J.M.: ¿Usted ha nacido músico, se ha hecho músico o ambos conceptos van intrínsecamente unidos?

A.C.: Van unidos. Dios me dio un qué se yo, una facilidad para la música. Desde muy niño yo comprendía los conceptos musicales, pero luego, amigo mío, he pasado días y noches estudiando y estudiando.

J.M.: ¿Cómo compone música? ¿Sufre al hacerlo, surge con facilidad?

A.C.: Yo escribo música todos los días, escúchame bien, todos los días, porque eso me da alegría. De sufrimiento nada.

J.M.: ¿Se ha imaginado alguna vez la composición perfecta?

A.C.: Me gustaría responderte a eso que sí, pero si me la hubiera imaginado la hubiera escrito. Estoy muy contento de todas mis composiciones, de algunas estoy más orgullosas que de otras, pero contento con todas. He escrito muchas y he acertado en algunas. No me quejo.

J.M.: Usted no es toledano, ¿por qué Toledo?

A.C.: Soy de Astorga, he vivido en Ávila, en Madrid. Aquí vine, aquí llevo muchos años. Uno no sabe muy bien como la vida lo lleva o lo arrastra hacia un lugar. Lo cierto es que por aquí paro y aquí pararé finalmente.

J.M.: ¿Qué es Toledo?

A.C.: Para mí, para mí, te repito, Toledo es gloria y sufrimiento que se chocan entre sí. Toledo me da alegría porque compones bien, y me hace sufrir porque, a lo mejor, sale algún necio y te critica sin razón.

J.M.: ¿Cómo le gustaría que le recordaran o en relación a qué?

A.C.: Pues yo solamente puedo decir a eso que mi música sea puesta en relación como la mejor música compuesta para Dios. Que sea, eso es otra cosa, pero que pudiera ser, eso es lo que quiero, que mi música haya sido compuesta con el mejor cariño para Dios y que lo haya conseguido.

J.M.: ¿A quién admira?

A.C.: Pues iba a decir que yo admiro a todo el mundo, no suelo tener antipatías ninguna. Si las pude tener quiero que en este momento sean motivo de arrepentimiento, porque yo también he caído. Yo soy un hombre y puedo querer hacerlo mejor y no me sale.

J.M.: ¿Por qué cambiaría su mejor composición?

A.C.: Las composiciones no se cambian. No me cambiaría ni por Beethoven, porque él hizo lo suyo y yo hice lo mío. ¿Quién acertó? Él. ¿Quién acertó más? Él. ¿Quién acertó un poco? Yo, pero nada más que un poco. ¿Por qué? Porque yo entonces compuse como compuso él y él compuso para Dios, aunque muchos crean lo contrario, pero no, era muy creyente. No sé si tanto como yo, pero parecido, o más.

J. M.: Mire hacia atrás en su vida, ¿qué ha dejado de hacer?

A.C.: Dejado de hacer de lo que tenga consciencia, nada. De que me propusieran hacer una cosa y no la hiciera no tengo consciencia.

J.M.: Y se me habla del futuro.

A.C.: Pues que ya soy muy viejo y, entonces, lo que Dios quiera. Pero, si puedo, le daré todavía en las narices a Dios (es un disparate como una casa decir eso), pero me refiero a que si puedo le hago la faena de seguir trabajando.

J.M.: Alguien que no recuerdo definió al verdadero artista con tres vocablos: libertad, orgullo y dignidad. ¿Qué le parece?

A.C.: Y al que le falte eso no es músico. Aunque del orgullo tú no puedes atribuirte algo que no te haya dado Dios, y, por tanto, el orgullo un poco te sobra, aunque también te lo haya dado Él. Pero al que le falte todo eso no es músico.

J.M.: Ahora se están revisando conceptos que todos creíamos definidos y definitivos, como el concepto de patria. ¿Qué es España?

A.C.: Bueno, los conceptos importantes no han cambiado nunca, son siempre los mismos, ahora la manera de concebirlos ya es distinta. Todo depende de la persona, y si la persona es decente, no hay temor, sabrá coger las cosas por la decencia, pero si no lo es, entonces estará equivocado de por vida. Esta época es como cualquier otra, exactamente igual. Entonces, ¿qué pasa aquí? Sencillamente es la correspondencia que tengamos con Dios la que nos dice la verdad.

J.M.: Muchas gracias. Ha sido todo un placer realizar esta entrevista. Quiere añadir algo más que mi torpeza no le haya preguntado.

A.C.: Todo lo que me has preguntado está bien preguntado y cada vez que me preguntes seguiré diciendo y ratificando lo mismo, porque todo esto se piensa antes y se tiene ya en la cabeza antes. Hay que vivirlo, yo lo he vivido.

Jesús Muñoz Romero.