Contiene

   * Hilo niño

   * Láminas

   * Versos a Violeta

   * Las doce de la noche en tiempos de hidalguía

LAS DOCE DE LA NOCHE EN TIEMPOS DE HIDALGUÍA

EN PALABRAS DE LA AUTORA

Por el azul de los ojos de Charly.

Por el desgarro del Pueblo Saharahui: Tambores. Tambores. Tambores. Tambores. Dulce de membrillo. Tambores del Sahara.

Por el amor a las vidrieras de colores. ¡Girad! ¡Girad! ¡Girad! ¡Girad!

Cuando decimos hijos, decimos muchas cosas.

En este libro, el amor se hace crítica de los tiempos, porque así son los fenómenos sociales de los tiempos.

Daban las doce en punto de la noche, cuando yo comenzaba a escribir este libro en el desierto.

Daban las doce en punto de la noche, cuando yo finalizaba este libro en el desierto.

LÁMINAS

 

EN PALABRAS DE LA AUTORA

Quién no habrá llorado pájaros verdosos? ¿Quién no habrá tenido un sueño de azabache? ¿quién no habrá visto volar a una gaviota?

Láminas: el poemario intangible, etéreo y sensitivo; el más libre de cuantos recuerdo haber escrito, es asímismo el más plástico, cercano y concreto. Es apto para el arte de la pintura, de la danza y de la música; para la dramatización de sus cortas secuencias y de sus poemas más largos. Es adecuado para los cortometrajes y las transparencias. Fue creado para la imaginación y para ser expresado en todas las claves de la sensualidad y la belleza.

Láminas es el poemario de los cinco sentidos y todas las sensaciones y vivencias.

Láminas transciende al hombre y eleva el vuelo a la vez que se enraíza en la tierra.

En Láminas cabe signar la vida y haber llorado pájaros verdosos.

HILO NIÑO

EN PALABRAS DE LA AUTORA

Un buen día, Hilo Niño, la frase hilo niño, aflora de mi inconsciente y se asienta como un fruto tierno y cargado de belleza y de misterio en mi conciencia.

–Hilo Niño, “Hilo Niño: pero, ¿qué quieres decirme? ¿Quién eres tú? ¿A dónde me llevas?

Así pasé algunas  semanas sabiendo que  me veía obligada a escribir. Pero, ¿qué?

Poco después y de la misma inesperada manera surgió: esos ríos moliendo molinos que forjan el verso. Esto ya era distinto. Aparecen la musicalidad, el acento, el significado del río y el verbo de movimiento, que venían a acompañar a su referente inicial, a Hilo Niño, y que comenzaban a aclarar la situación. Ya había material suficiente para empezar el trabajo. Ahí estaba toda la simbología que daría lugar al libro.

Hilo Niño se instala, pues, como título y esos ríos moliendo molinos que forjan el verso, como necesario subtítulo.

Pasado un tiempo descubrí la cita de Antonio Machado: ¡Ay! Lo que la muerte ha roto, era sólo un hilo entre los dos y, en ella, el pleno significado del título de mi obra, inmerso en las profundidades del inconsciente colectivo y en lo más profundo de mi subconsciente, zarandeado muy tempranamente por los acontecimientos nada benévolos de una época histórica tan poco grata.    

Gerardo Diego, Antonio Machado, León Felipe y Claudio Rodríguez coinciden, en no pocas cuestiones: pensamiento, literatura, tendencias, corrientes ideológicas y estética, y están unidos por muy similares acontecimientos y espacios  históricos y geográficos.

De este modo es cómo acudo a ellos o cómo la obra de ellos viene a salirme al encuentro desde ese embrión que fue el aflorar del Hilo Niño, para ir acompañándome con sus voces durante todo el proceso de su desarrollo hasta su final.

Tomo como punto de referencia común a los mismos el mapa y alma de la Península y el mapa espiritual que configura el colectivo sentir de los pueblos, ese símbolo de vida, de fluir, de asentamiento, de frescura, compañía, rumor, batallar y reposo de que el hombre se ha servido y al cual ha temido, adorado y  mitificado desde el inicio de su Prehistoria: el río, con todas sus connotaciones. Y, principalmente en el Duero, hago descansar la mayor parte de la resonancia de la palabra poética y filosofía de Gerardo Diego, Antonio Machado y Claudio Rodríguez.

Hay dos voces que iremos oyendo repetirse, una seguida de la otra y con una determinada constancia, para darnos las dos principales claves de la obra: Hilo Niño, como núcleo y tema,  y  el poema de León Felipe Deshaced ese verso, como exponente del concepto de Poesía del autor, que nos enfrenta, cara a cara, a la inmaterialidad de la misma, a su total desnudez: a la plenitud absoluta de su pureza: Y, si después, queda algo todavía.

Capítulos:

-I: De tabernas  y tertulias de poetas

-II: Los poetas del Duero

-III: Ríos y fronteras

-IV: Las partidas de naipes

-V: Pan de tahona y río

-VI: La Patria verdugo y vejación de la lengua

-VII: Diana

Hilo Niño se fragmenta por sí mismo en siete capítulos, sin un esquema premeditado ni una estructura intencional en sus secuencias. Con fluidez de río ha ido siguiendo su curso hasta el final.

Va al encuentro de la Poesía como cualquier ser vivo va al encuentro del alimento, del agua, del aire, de la luz, de la belleza, de la libertad, del sol, del suelo, de la soledad, o de la compañía.

A esa Poesía que desnuda León Felipe, que prescinde hasta de la idea misma, que es pura pureza, casi la Nada, la va a vestir el mismo poeta y, hermanándola al hombre, de su misma cualidad de barro: y si el verso, poetas cortesanos…

La Poesía, tan lejana del rancio dogmatismo como del nuevo gay trinar brota y crece a gusto y se hace fuerte en el corazón de cada uno y en las tabernas y tertulias de los poetas legítimos; en ese respirar de las cosechas mal logradas, en ese don de la tierra y esa virtud del agua que huele a la misma agua, a  cuerpo mío. Ahí es donde quiere encontrar su verso universal de un solo trazo.

Hilo Niño está escrito desde una única y misma herida, desde una idéntica memoria y no hace falta desmenuzar sus capítulos. Él solo va a ir diciéndose poco a poco; voz tras voz; concepto tras concepto; suceso tras suceso, nunca en soledad ni insolidario, ni mucho menos apátrida. Hilo Niño ha nacido de la confusión y de las tiniebla y busca la luz; ha nacido del dolor y busca la dicha; ha nacido del odio y busca el amor. Si lo logra, eso será Poesía.

Acompañan al libro una fotografía y unas cartas. Hay muchas más. Casi todos los de mi generación tenéis una o muchas guardadas. También tenemos las que nunca nos llegaron y las que nos llegaron tarde o las de aquellos que no tuvieron quienes se las escribieran.

Feliz lectura y sosiego para todos.

Una paloma blanca

vuela.

Como el río, Hilo Niño, como el río.

La autora.

 

 

VERSOS A VIOLETA

EN PALABRAS DE LA AUTORA

Érase una vez un cuento escrito para ser contado en el otoño, por serle el otoño tan propicio al cuento. Pero se murmuraba de él que, haciendo caso omiso de la costumbre, quiso que se le recitara en cualquier estación del año y en cualquier lugar y circunstancia que lo requiriera. Dejémosle filtrarse a su antojo en donde más falta haga de la misma manera que se filtraría un duende.

 

Sobra explicar que un cuento nace, y vive, y crece y se mimetiza en la naturaleza y que es por esto por lo que comienza siendo onomatopeya de la infancia para pasar más tarde a conformar nuestra categoría semántica, a plegarse a nuestro pensamiento y nuestra esencia de libertad y sueño, casi siempre resueltos en el símbolo y la metáfora, y a llegar a alcanzar las más altas cotas de la imaginación en la belleza o en el esperpento y el más vasto y nítido paisaje en la explanada de nuestra propia filosofía.

 

En el plano profundo de los sentimientos es el mayor y más fiel aliado de los ángeles y demonios que nos acompañan y forjan, al punto de que su edad y temblor son tan atávicos, cambiantes y vulnerables como lo son las edades, plenitudes, sosiegos y desasosiegos del hombre.

 

El más cercano eslabón genético del arte de pintar plasmado en mis Versos a Violeta se concreta en el dibujo de la contraportada, de mi madre Luisa Martínez Tobía, que nos sitúa en esa esfera plástica, musical y armónica del Cosmos que toma su expresión en la danza, en este caso del tango argentino que interpretan el niño del violín y la pareja de niños que lo bailan. El manuscrito del trasfondo no es traducible de ninguna otra manera que no sea cercanía y palabra.

 

Los dibujos de Laly Luna suponen su particular lectura del cromatismo visual del poemario, su color interior. Y de igual manera, el minucioso y creativo trabajo de maquetación e impresión de Miguel Alfaro encarna el afanado y cálido bien hacer que cierra la obra.

 

Versos a Violeta se inicia en la mágica terraza de la Casa de El Altozano: (íntima y popular placita de Villafranca de los Barros en la provincia de Badajoz acostumbrada a cobijar las pisadas de sus gentes, el despertar de los coches, el murmullo de sus terrazas, el griterío de los niños y el cantar de los pájaros). La casa: la rodeada de corralones, la habitada por las flores, las salamanquesas y las gatas presumidas de gentiles andares y mullidos zapatos; la que abrigó las tertulias veraniegas de quienes en ella nos reuníamos y toda la nostalgia junta de cuantos la vivimos, mi casa, es la protagonista de los dos primeros capítulos de este libro.

 

¡Villafranca de noches de verano / Villafranca de cal y Mediodía / Sol de las doce/ Nido por estrenar!

 

Mas, como la vida se prolonga en los racimos fértiles / en la troncada verde de los plantones nuevos, sucedió que nació Violeta y que yo decidí escribir estos Versos a Violeta. No por nada, porque la escribo mucho, sino porque es mi nieta y a una nieta hay que dejarle lo mejor que se tiene y porque, ahora que podía, no iba a perderme la ocasión de compartir inocencia con ella. En ella habita la inocencia de la que yo voy en pos como meta y tesoro que se granjea cada día.

 

Le escribí estos poemas cuando tenía dos años y en la villa de Foz, de la Mariña lucense, en la que tengo escrita la mayor parte de mi obra desde 1987, primer año en que veraneamos allí. Y aseguro que el escenario geográfico de este libro se llama Foz.

 

En cursiva señalo los otros diversos escenarios geográficos que, aparte del ya aludido de Extremadura, han conformado mi vida y la de los míos, así: Cuenca, Canarias, Asturias, Castilla, Madrid y Mejico.

 

Por lo demás, en estos Versos a Violeta, aparecen una meiga en su escoba queriendo barrer las nubes, la gatuna alborotada, los desfiladeros druídas, los pomares, el bañador de una niña, un abuelo fotógrafo, unos columpios, el puerto, un Arco Iris y un burro que se llama Capachero, amén de un paraíso, un elefante, el grillo de la charca y el cómo se destetó Violeta.

 

Ese verano del 2006, mientras Violeta y su abuelo dormían, yo escribía este libro que tantas veces ha contemplado su dormir, mi velar y el despertar del mar en la “praia da Rapadoira”.

 

A partir de aquí, cumple que cada lector añada a su lectura, y de su cosecha los ingredientes que bien le parezcan, que yo ya le dejo suficiente escritura y planteamiento.

 

Gracias a todos cuantos os acerquéis a esta pequeña leyenda y sepáis repartirla. ¡Ojalá os resulte amena y bondadosa!