Wilfredo MARIÑAS GUERRERO

Nací en un pueblecillo agrícola enclavado en los andes peruanos: Uchucmarca, provincia de Bolívar; en un entorno migratorio. Ya en  mi más temprana infancia y sin desearlo me acostumbre a ello. Mi formación escolar y universitaria la realice en Trujillo, en Perú, en donde mis padres se establecieron. Esa inercia me llevo en mi juventud, ya sea por estudios o trabajo, a recorrer el extenso territorio peruano, Lima, Arequipa, Puno, Cajamarca, ciudades arquetipo de un mestizaje hispánico-incaico.  Indudablemente, la monumentalidad y complejidad barroca y rococó del arte virreinal marcó mi gusto y preferencia por la cultura ibera.

Ahora, al borde de los cincuenta y por avatares del destino, esta vez consciente y posiblemente en línea con aquella inercia migratoria de mi infancia, ya en la madre patria, de cuando en cuando me pierdo entre las estrechas y oscuras callejuelas del Toledo monumental, donde los balcones se dan la mano unos a otros. Paseos sumergidos en un trance de multitud de recuerdos juveniles, por tanto lejanos en el espacio y tiempo, vinculados con esta ciudad. ¿Cómo pasear sus calles sin recordar a Becquer, a Garcilaso, o Cervantes? ¿Cómo sumergirse entre pueblos manchegos, sin compartir la visión nostálgica y melancólica de Azorín, por ejemplo? Lejanos unos de otros, recuerdos de descripciones literarias y placidas vivencias de hoy, vinculados en aquellos libros; páginas que me trasladaron mentalmente a estos pagos, ignorando esos espacios y tiempos.

Recorrer hoy esas calles, deleitarse en sus construcciones, aún más pretéritas que los estilos llevados por los conquistadores a suelos americanos, el antiguo mudéjar entremezclado con el renacentista arte que fluía de las cercanas repúblicas florentinas; es posiblemente una satisfacción sin el pago mínimo, más que la aventura de cruzar el gran charco.

Pero así como Toledo, me deslumbró también el resto del solar hispánico, y por esa inevitable inercia migratoria trocada en una praxis de viajero impenitente,  las visitas y estudio de las ciudades en torno al río Arno en la península itálica: Florencia y Pisa, y en el Hélade: Atenas.

Radicar no en la urbe toledana sino en la profundidad de sus pueblos, enraizarse en ellos es sentir el paso del tiempo vertiginoso e indomable, registrado en un acartonado pergamino o en una construcción resistiéndose a las inclemencias de su ineludible paso, haciendo más y más lejanos a celtas, romanos, visigodos, musulmanes, mozárabes, y a las huestes cristianas conquistadoras.

Radicar en estos pueblos es también percibir sus injusticias culturales. En algunas manifestaciones el paso del tiempo incrementa su gloria y admiración, a más años más gloria. Por citar un ejemplo, los cantares del Mío Cid, glosas escritas a finales del siglo XII y principios del XIII. Sólo para efectuar una rápida medición contemporánea: en el buscador de Google, para el término “poema del mio cid”  refleja la colosal cifra de 39.900 citas, entre ellas muchos estudios.

Colosal injusticia, si la comparamos con otra manifestación cultural de ese mismo periodo, pretérito en el ser hispano: en Illescas de su primorosa torre mudéjar. De ella como únicos epítetos se puede mencionar: ser declarado monumento nacional en 1920 por la real academia de bellas artes de San Fernando; ser el icono por excelencia de la villa de Illescas. Y una ausencia, inexcusable, de estudios profundos sobre ella, aun cuando su datación corresponde paralela a los cantares de gesta del Mío Cid, finales del s. XII y principios del XIII. Por demostrarlo rápidamente, también efectuemos para el término “torre mudéjar de illescas” una búsqueda en Google: 379 referencias, la mayoría referencias fotográficas, estudios sobre ella pocas.

Transitar tan afanosamente por tierras toledanas, e imbuirse en los cánones que fundamentaron las construcciones de la Atenas de Pericles y su renacer en suelo florentino; además recorrer, compás y cartabón en mano, a la vieja usanza los meandros geométricos euclidianos, en interminables y gratificantes clases de Dibujo Técnico y Geometría Descriptiva de aquella lejana Universidad Nacional de Trujillo, en Perú. Sensibilizan el entendimiento para percibir la singularidad de la torre de Illescas, escondida durante ochocientos años; también la intencionalidad de su constructor: el canon estético que encierra su belleza, escondido en la común ornamentación con sus símiles toledanas. Un canon ya registrado en la Atenas de Pericles, y en las renacentistas repúblicas florentinas.

Si antes anoté la satisfacción que me brinda Toledo sin el pago mínimo, es posible esta sea la oportunidad de efectuarlo.

Brindo en “El canon del Alarife de Illescas” la correspondencia de gratitud a tantas satisfacciones estéticas y artísticas recibidas en estas comarcas toledanas. Con ello pretendo, modestamente, aliviar aquella injusticia.